Como supongo que buena parte de nuestra audiencia volverá cansada después del macropuente y sus inevitables desplazamientos, esta semana voy a procurar no moverme mucho de casa para mí sección comiquera. O sea, que toca tebeo de la región y sobre la región. O dicho de otra forma, que me voy a quedar con Fermín Solís y su Buñuel en el laberinto de las tortugas.Fermín Solís, natural de Madroñera aunque residente en Cáceres, es, por si alguien no lo conoce, uno de nuestros historietistas más reconocidos dentro el panorama nacional e internacional, autor de obras tan interesantes como El año que vimos nevar, El hombre del perrito o, como curiosidad, el tebeo homenaje a la figura de José de Espronceda que, en 2008 y con motivo del segundo centenario del nacimiento del poeta, le encargo el ayuntamiento de Almendralejo. Son las suyas, por lo general, historias costumbristas muy apegadas a la realidad de su mundo y de su tiempo. En ese sentido podría afirmarse que Buñuel en el laberinto de las tortugas supone toda una excepción en el conjunto de su obra. Con ella Fermín nos traslada hasta 1933 para colarnos de matute en el rodaje de la célebre, no sé si para bien o para mal, Las Hurdes, tierra sin pan. Al igual que sucede con el propio mediometraje de Buñuel, estamos ante una recreación más imaginaria que real de los hechos y las circunstancias que debieron rodear a la filmación. Solís especula acerca de la improbable relación que pudieron entablar el excéntrico grupo de cineastas y los habitantes de Las Hurdes, no menos extraños a los ojos de aquellos. Pero sobre todo indaga y pone de manifiesto, aunque sea desde la ficción, en las tremendas contradicciones personales, ideológicas y artísticas del propio Buñuel. Unas contradicciones en las que quizá sea necesario ahondar si se quiere entender cómo un hombre que decía guiarse por el deseo de denunciar la miseria que asolaba a Las Hurdes, miseria que por otra parte nadie niega, pudo después asestar semejante puñalada trapera a sus habitantes, retratándolos con tanto desprecio y con tan poco respeto.

Esa es la gran virtud, y a mi entender también el mayor defecto de este Buñuel en el laberinto de las tortugas, presentarnos una semblanza mesurada y creíble del director que penetra en la ambigüedad y en las complejidades de ese Buñuel rudo, surrealista más que documentalista y siempre provocador que durante mes y medio se paseo, pistola en mano, o si no que se lo pregunten a la cabra y al burro, por Extremadura. Y digo que es también su mayor defecto porque a quienes pensamos que ese presunto documental no es más que basura sensacionalista nos hubiera gustado ver a Solís atizando a Buñuel con un poco de más saña y menos comprensión. Vamos, como hizo él con los hurdanos. Pero en fin, eso ya entra dentro de las preferencias personales de cada uno y no resta ni un ápice a los muy sólidos méritos del cacereño.

En definitiva, una obra que, alejada de los tremendismos del calandino, resulta tremendamente recomendable y que el lector interesado podrá encontrar disponible algún día, si es que algún día vuelve a abrir sus puertas, en nuestra biblioteca municipal.
Buñuel¿Aún no te has aburrido lo suficiente?...



























